En este ensayo
Imaginemos a una historiadora del futuro revisando los documentos de nuestra época. Ahí están los informes científicos, las proyecciones de las empresas, los discursos sobre hijos y nietos. Después vienen las decisiones de inversión, los plazos aplazados y las explicaciones de por qué precisamente aquel año resultaba inoportuno cambiar de rumbo.
La historiadora no tendrá que adivinar si nos habían advertido. Las pruebas estarán ahí, fechadas y archivadas. La pregunta más difícil será cómo una civilización capaz de comprender tanto consiguió que ese conocimiento pesara tan poco.
Sospecho que así se recordará nuestra época: como las generaciones que lo sabían y que siguieron encontrando razones para continuar como antes.

Las advertencias ya estaban sobre la mesa
En noviembre de 1965, un informe del Comité Asesor Científico del Presidente de Estados Unidos describía cómo la quema de combustibles fósiles estaba aumentando el dióxido de carbono atmosférico. Advertía que ese incremento podía provocar cambios importantes en el clima. Lo publicó la Casa Blanca. La advertencia había llegado al Gobierno más de sesenta años antes del debate actual.[1]
En 1979, el informe Charney del Consejo Nacional de Investigación estadounidense estimó que una duplicación sostenida del dióxido de carbono atmosférico acabaría calentando el planeta unos 3 °C, con un intervalo estimado de entre 1,5 y 4,5 °C. Era una estimación del calentamiento en equilibrio, no una predicción para un año concreto.[2]
En 1990, la primera evaluación del IPCC afirmaba que las actividades humanas estaban aumentando sustancialmente las concentraciones de gases de efecto invernadero y que eso intensificaría el calentamiento. Sus autores aún afrontaban grandes incertidumbres, entre ellas con qué grado de confianza podían atribuirse los cambios observados a la influencia humana. La advertencia no exigía resolver todas las preguntas pendientes.[3]
Estas fechas importan porque desmontan el relato tranquilizador de una crisis que apareció demasiado deprisa para que nadie pudiera responder. El conocimiento se desarrolló con el tiempo. También lo hizo la oportunidad de actuar. Un gobierno que leyera el informe de 1965 afrontaba una decisión distinta de la de otro que leyera hoy al IPCC, pero ninguno partía de una página en blanco.
No espero que alguien de los años sesenta comprendiera todas las consecuencias que hoy investigamos. Sí espero que gobiernos sucesivos, ante sucesivas tandas de pruebas, hubieran tratado una amenaza creciente como algo más trascendente que un problema recurrente de comunicación.
Llega un punto en que exigir mayor certeza se convierte en una forma de negarse a decidir. La responsabilidad resulta especialmente clara cuando la propia demora modifica las condiciones en las que tendrán que vivir los demás.
El conocimiento también llegó a los despachos de las empresas
El registro no se limita a los informes gubernamentales. Un estudio publicado en Science en 2023 evaluó las proyecciones de calentamiento documentadas por científicos de Exxon y ExxonMobil entre 1977 y 2003. La mayoría anticipó con precisión el calentamiento posterior; los investigadores también identificaron contradicciones entre los resultados científicos de la empresa y sus declaraciones públicas.[5]
Ese hallazgo es mucho más grave que una acusación vaga de que las empresas no supieron apreciar un problema desconocido. Muestra por qué debemos examinar organizaciones concretas, decisiones concretas y formas concretas de influir en la opinión pública. Es más fácil eludir responsabilidades cuando todo se diluye en un relato general sobre la naturaleza humana.
La defensa habitual es que las empresas suministraban la energía que la gente quería. Hay una parte de verdad en ese argumento sobre la demanda. Usábamos el combustible. Muchos disfrutamos de la comodidad, la movilidad y la abundancia que ayudó a proporcionar.
Pero vender un producto no resuelve qué sabía quien lo vendía, qué contó al público ni cómo respondió a los intentos de cambiar el sistema. Tampoco comprarlo da al cliente el mismo poder que tienen las organizaciones que condicionan la inversión, las infraestructuras y el debate político.
Alguien que se desplaza cada día para conservar su empleo no puede rediseñar el sistema nacional de transporte antes de salir de casa. Un ministro, un inversor y un grupo de presión industrial tienen opciones diferentes a su alcance. Cualquier análisis serio de la responsabilidad debe conservar esas diferencias. De lo contrario, la culpa colectiva se convierte en un refugio extraordinariamente eficaz para el poder concentrado.
La comparación que preferiríamos evitar
Creo que las generaciones futuras podrían juzgar nuestro comportamiento con la misma dureza con la que hoy juzgamos la trata transatlántica de esclavos. Quizá con mayor dureza, por el alcance y la persistencia del daño que estamos dispuestos a dejarles. Es mi juicio sobre la responsabilidad moral, no un cálculo que pueda resolverse contando víctimas a lo largo de los siglos.
Esa historia merece más respeto que ser utilizada como un cómodo sinónimo de maldad. La esclavitud atlántica implicaba la propiedad de seres humanos, la coacción violenta y la destrucción de familias. Quienes la sufrieron hablaron, resistieron y defendieron su libertad. En su relato de 1789, Olaudah Equiano se dirigió directamente al Parlamento para denunciar el sufrimiento causado por la trata.[6]
La lección no es que las personas del pasado carecieran de vocabulario moral y aguardaran pacientemente a que nosotros lo inventáramos. Algunas de las personas con más derecho a condenar el sistema ya lo estaban condenando. Sus voces resultaban incómodas para quienes se beneficiaban de él.
Lo que me inquieta es la posibilidad de que nuestros descendientes reconozcan una costumbre parecida de justificarse: presentar como indispensables unas estructuras económicas rentables, tratar el sufrimiento como un problema ajeno y utilizar la perturbación económica como razón para aplazar el cambio.
Los mecanismos y las historias son diferentes. La pregunta sobre el poder sigue siendo brutalmente clara. ¿Cuánto daño pueden imponer a los demás quienes viven cómodamente antes de que esa comodidad deje de servir de defensa?
Nos resulta fácil imaginarnos en el bando valiente de las disputas históricas. Nos entusiasma mucho menos cuando el valor podría afectar al precio de nuestra vivienda, a nuestras inversiones o a lo que consideramos normal. La claridad moral sale barata cuando todas las decisiones difíciles corresponden a personas muertas.
No hay garantía de que las sociedades futuras compartan nuestros valores o nos juzguen con justicia. No estoy invocando un tribunal imaginario que inevitablemente vaya a respaldar mis ideas políticas. Pregunto si las razones que nos damos unos a otros seguirían siendo convincentes para quienes tendrán que vivir con las consecuencias.
«Nosotros» oculta muchísimo
Incluso la expresión las generaciones que lo sabían exige discutir a quién incluye ese «nosotros». Una persona adinerada que viaja constantemente en avión y una familia que lucha por conseguir electricidad fiable no ocupan la misma posición. Tampoco el propietario de un activo de combustibles fósiles y el trabajador cuya comunidad depende de él.
La evaluación sobre mitigación del IPCC de 2022 estimó que el 10 % de los hogares con mayores emisiones por persona generaba entre el 34 y el 45 % de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero asociadas al consumo de los hogares. La mitad con menores emisiones generaba entre el 13 y el 15 %. Son cifras del consumo de los hogares, no porcentajes de todas las emisiones mundiales.[7]
Esa distribución vuelve inútil el sermón moral indiscriminado. Pedir a todo el mundo que se sienta igualmente culpable oculta la magnitud de las opciones al alcance de quienes tienen más dinero e influencia. Además, provoca una objeción obvia y justificada entre quienes deben sacrificar necesidades mientras otros defienden lujos.
Yo asignaría responsabilidad en función del conocimiento, la contribución al problema, el poder y la libertad para actuar. Son categorías que se solapan, pero no son idénticas. Quien hereda un sistema energético tiene obligaciones dentro de él; quien cobra por obstaculizar su sustitución carga con una responsabilidad adicional.
Por eso una política climática que destruye medios de vida sin preocuparse por sus consecuencias es políticamente insensata y moralmente insuficiente. La persona cuyo empleo desaparece es real. También lo es aquella cuya casa se vuelve inhabitable. Una transición seria debe tomarse a ambas en serio, en lugar de utilizar a una como excusa para abandonar a la otra.
Ya habíamos incorporado esa distinción a la política internacional. La convención climática de la ONU de 1992 incluyó entre sus principios la protección de las generaciones presentes y futuras, junto con la equidad, las responsabilidades diferenciadas y las distintas capacidades. Se esperaba que los países desarrollados tomaran la iniciativa.[8]
Leámoslo hoy. La idea de que la responsabilidad es desigual no era una revelación pendiente de otra generación de conferencias. Ya estaba en el acuerdo.
Una herencia que no pueden rechazar
Lo más perturbador de la responsabilidad climática es la distancia entre tomar una decisión y vivir sus efectos completos. Una persona puede disfrutar de los rendimientos de una inversión, jubilarse, morir y dejar a otros la tarea de gestionar parte de su legado físico.
La evaluación del IPCC sobre las bases físicas del cambio climático, publicada en 2021, explica que algunos cambios en los océanos, las capas de hielo y el nivel del mar persisten durante siglos o milenios. La subida del mar continúa mucho después de estabilizarse la temperatura de la superficie terrestre. Esos efectos duran mucho más que un mandato electoral, una carrera empresarial o una vida humana.[9]
Nuestros descendientes no pueden negociar retrospectivamente con una central eléctrica. No pueden votar en unas elecciones celebradas antes de nacer. Si solo los describimos como beneficiarios de la riqueza que les dejemos, nos estamos concediendo discretamente el derecho a decidir qué riesgos deben aceptar a cambio.
Una casa es una herencia útil. Una casa que necesita una protección cada vez más cara frente al mar es otra cosa. Los activos financieros y un entorno físico deteriorado no llegan en mundos separados. El valor de los primeros depende de que la gente pueda vivir y trabajar en el segundo.
Ya existe investigación que mide la diferencia entre generaciones. Un estudio de Wim Thiery y sus colegas, publicado en 2021, modeló la exposición a fenómenos climáticos extremos a lo largo de la vida. Bajo los compromisos climáticos considerados en ese estudio, los niños nacidos en 2020 afrontaban una exposición mucho mayor que las personas nacidas en 1960; una mitigación más intensa reducía sustancialmente esa desigualdad.[10]
El argumento moral no depende de tratar aquel escenario concreto como una predicción sobre las políticas actuales. El año de nacimiento puede determinar cuánto daño experimenta alguien, sin concederle influencia alguna sobre las decisiones anteriores que ayudaron a producirlo.
Cuesta imaginar un ejemplo más claro de poder sin consentimiento.
Se supone que la economía debe servir a alguien
La defensa económica de la demora me resulta especialmente reveladora. Cuando proteger una inversión hoy se convierte en una razón para dejar a otros un problema caro y peligroso mañana, la palabra racional se ha vuelto sospechosamente selectiva.
Puede que quienes toman la decisión se comporten racionalmente dentro de las reglas a las que están sujetos. Eso es un argumento para examinar las reglas. Un sistema que premia trasladar costes a personas incapaces de oponerse no debería adquirir autoridad moral solo porque su contabilidad sea coherente consigo misma.
Lo mismo ocurre con el crecimiento. Merece la pena querer más bienes útiles, mejores viviendas, energía fiable y vidas más largas y saludables. Una suma creciente de transacciones es una respuesta insuficiente a la pregunta de si pueden perdurar los mecanismos que la producen.
Supongamos que un balance mejora porque una empresa recibe el beneficio de una actividad mientras otra persona soporta sus daños. Deberíamos poder llamar a eso un fallo sin tener que demostrar primero que cualquier forma de comercio, inversión o desarrollo tecnológico carece de valor.
Tengo poca paciencia con la exigencia de que los críticos diseñen una civilización alternativa completa antes de permitirles señalar un incentivo destructivo. Reparamos sistemas continuamente sin abolir todo lo útil que contienen. Una economía debe juzgarse por las vidas que hace posibles, incluidas las que comienzan después de que hayan desaparecido quienes hoy toman las decisiones.
Es aquí donde la defensa de la expansión perpetua me parece intelectualmente perezosa. Si nuestra prosperidad exige seguir aumentando una carga física que otros deben absorber, entonces a nuestra descripción de la prosperidad le falta la factura.
El veredicto todavía se está escribiendo
Nada de esto nos autoriza a refugiarnos en la satisfacción de anunciar que ya es demasiado tarde. El fatalismo ofrece un consuelo peculiar: si nada puede cambiar las cosas, nadie tiene que tomar una decisión incómoda.
La síntesis del IPCC de 2023 considera necesarias las emisiones netas cero de CO₂ y fuertes reducciones de otros gases de efecto invernadero para limitar el calentamiento de origen humano.[4:1]
Eso hace más exigente la acción. Tenemos que reducir los daños evitables mientras nos preparamos para consecuencias que ya se están desarrollando. El debate no puede acabar en un objetivo lejano o en una demostración tecnológica impresionante. Debe llegar a las decisiones sobre qué se financia, se construye, se protege y se sustituye.
Detrás de cada declaración de preocupación hay una pregunta práctica: ¿quién va a hacer algo de otra manera? Un gobierno puede cambiar una norma de inversión. Una institución puede cambiar lo que financia. Una comunidad puede exigir protección. Un ingeniero puede contribuir a que funcione una opción más limpia. Ninguno tiene la solución completa; cada uno puede modificar una parte del resultado.
También deberíamos juzgar las acciones por lo que logran, y no por si hacen sentirse virtuosa a la persona que las realiza. Un gesto caro que cambia poco merece menos admiración que una medida sin brillo que evita daños. Esto es demasiado serio para convertirlo en una competición de inocencia personal.
Quizá los historiadores del futuro distingan entre quienes negaron las pruebas, quienes sacaron provecho de la demora, quienes lo intentaron y fracasaron, y quienes consiguieron algo útil. Deberíamos darles esas diferencias que encontrar. La existencia de un grave fracaso colectivo no vuelve inútil cada esfuerzo individual.
No espero que nuestros descendientes nos perdonen porque el problema era complicado. Tendrán sus propios problemas complicados, incluidos los que les dejemos. Tampoco creo que una carpeta llena de promesas ambiciosas impresione a nadie que haya tenido que abandonar un lugar que esas promesas debían ayudar a proteger.
La pregunta a la que vuelvo una y otra vez es bastante sencilla. Cuando sabíamos que nuestras decisiones condicionarían la capacidad de otras personas para llevar una vida digna, ¿cuánto decidimos que valían esas vidas?
Seguimos respondiéndola. Cada afirmación de que no podemos permitirnos actuar forma parte de la respuesta. También cada decisión de actuar de todos modos.
Fuentes
President’s Science Advisory Committee, Environmental Pollution Panel (1965). Restoring the Quality of Our Environment, apéndice Y4, «Atmospheric Carbon Dioxide», especialmente pp. 126–127. Extracto del informe original. ↩︎ ↩︎
National Research Council (1979). Carbon Dioxide and Climate: A Scientific Assessment. doi:10.17226/12181. Informe digitalizado. ↩︎ ↩︎
IPCC (1990). Climate Change: The IPCC Scientific Assessment, resumen para responsables de políticas. Resumen original. Véase también la evaluación científica original reproducida en las evaluaciones de 1990 y 1992. ↩︎ ↩︎
IPCC (2023). Climate Change 2023: Synthesis Report, resumen para responsables de políticas, especialmente B.1 y B.5. Evaluación. ↩︎ ↩︎
Supran, G., Rahmstorf, S. y Oreskes, N. (2023). «Assessing ExxonMobil’s global warming projections». Science, 379, eabk0063. doi:10.1126/science.abk0063. Resumen y ficha de publicación. ↩︎
Equiano, O. (1789). The Interesting Narrative of the Life of Olaudah Equiano, or Gustavus Vassa, the African. Written by Himself. Dedicatoria y capítulos II, V y XII. Texto original. ↩︎
IPCC (2022). Climate Change 2022: Mitigation of Climate Change, resumen para responsables de políticas, B.3.4. Evaluación. ↩︎
Naciones Unidas (1992). Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, artículo 3.1. Texto de la convención, en inglés. ↩︎
IPCC (2021). Climate Change 2021: The Physical Science Basis, resumen para responsables de políticas, B.5, especialmente B.5.4. Evaluación. ↩︎
Thiery, W. et al. (2021). «Intergenerational inequities in exposure to climate extremes». Science, 374, 158–160. doi:10.1126/science.abi7339. Manuscrito y material complementario en NASA. ↩︎


