En este ensayo

La civilización no tiene que desaparecer en todas partes para que el futuro sea espantoso.

Pueden seguir funcionando aeropuertos, bolsas de valores y universidades mientras otros lugares pierden el acceso fiable al agua, los alimentos asequibles y cualquier expectativa razonable de que el próximo año será mejor. Una persona puede ver cómo se desarrolla una catástrofe en un teléfono que funciona perfectamente. La existencia del teléfono nos dice muy poco sobre la existencia de una vida tolerable.

Ese es el futuro que, a mi juicio, merece mucha más atención: un mundo donde una alteración climática cada vez más grave contribuya a fracturar algunas sociedades mientras otras sigan adelante, se adapten, se beneficien o se replieguen tras sus fronteras. Nos preguntamos una y otra vez si la humanidad sobrevivirá. Deberíamos dedicar más tiempo a preguntarnos qué significará sobrevivir y quién podrá hacerlo.

Una ciudad portuaria imaginaria en funcionamiento, conectada por carreteras, ferrocarriles y líneas eléctricas con campos secos y un embalse de nivel bajo.
Ilustración conceptual original generada con IA. Representa un futuro desigual imaginado, no un lugar real ni un pronóstico.

El colapso empieza en lo cotidiano

La palabra colapso es tan teatral que puede hacer casi imposible una conversación seria. Evoca una ciudad vacía, coches volcados y la última familia superviviente. Cualquier cosa menos extrema puede entonces descartarse como alarmismo.

Aquí la utilizo para referirme al fallo prolongado de las instituciones y los servicios que hacen posible una vida digna. Un país no necesita desaparecer del mapa. Su gobierno puede conservar una embajada y un himno nacional mientras pierde la capacidad de mantener a buena parte de su población alimentada, segura y abastecida de agua.

Este es un argumento sobre un peligro que debemos tomar en serio, no un calendario de países destinados a hundirse.

El IPCC estimó en 2022 que entre 3.300 y 3.600 millones de personas vivían en contextos muy vulnerables al cambio climático. Encontró grandes diferencias dentro de las regiones y entre ellas, determinadas por factores como la pobreza, la desigualdad y la gobernanza.[1]

Esa última distinción importa. Un promedio nacional puede ocultar dos mundos completamente distintos. En una ciudad imaginaria afectada por la misma ola de calor, un hogar compra refrigeración y suministro eléctrico de respaldo; otro elige entre pagar la electricidad y comprar comida. Comparten el tiempo atmosférico. No comparten las consecuencias.

Deberíamos dejar de considerar la mera continuidad de las instituciones nacionales como prueba de que la sociedad funciona. Un hospital puede seguir abierto y, sin embargo, volverse inaccesible. Puede seguir habiendo comida a la venta, pero a precios inalcanzables. Puede haber agua en un embalse sin que llegue a quienes la necesitan.

Para la persona excluida, la supervivencia estadística del sistema sirve de poco consuelo.

El supermercado está conectado con el tiempo de otro lugar

La alimentación es donde la distancia entre un gráfico climático y una vida corriente se vuelve muy corta.

El comercio internacional es una forma extraordinaria de seguro colectivo: una mala cosecha en un lugar puede compensarse con la producción de otro. La pregunta incómoda es qué ocurre cuando varios productores importantes tienen un mal año al mismo tiempo.

Tigchelaar y sus colegas modelizaron la producción de maíz en climas más cálidos y encontraron riesgos mucho mayores de pérdidas simultáneas en grandes países exportadores. Su análisis aislaba los efectos de la temperatura y no suponía futuras mejoras en la tolerancia de los cultivos al calor. Era una advertencia sobre una vulnerabilidad, no una predicción de las cosechas exactas que obtendrá el mundo.[2]

Otro estudio, publicado en 2023 por Kornhuber y sus colegas, examinó pérdidas de cosechas asociadas a corrientes en chorro con fuertes ondulaciones. Encontró que los modelos estudiados solían subestimar los fenómenos meteorológicos extremos locales y las pérdidas agrícolas vinculadas a esos patrones de circulación. Los autores identificaron un punto ciego en las evaluaciones del riesgo de pérdidas simultáneas de cosechas.[3]

Si reunimos esos resultados, la respuesta sensata es tomarse en serio la posibilidad de fallos conectados. Suponer lo contrario solo porque el funcionamiento del sistema es complicado resulta absurdo.

Imaginemos dos países importadores pujando por un excedente exportable más pequeño. El gobierno más rico puede pagar más, subvencionar productos esenciales o asumir una pérdida financiera. El más pobre afronta decisiones más difíciles. En esa situación, una mala cosecha se convierte en un problema de poder adquisitivo antes de convertirse en una cuestión de si el planeta puede producir físicamente suficientes alimentos.

Pensemos después en los hogares de esos países. Una factura de alimentos más alta puede significar posponer unas vacaciones para una familia y saltarse comidas para otra. Llamar a ambos resultados «impacto económico» es técnicamente ordenado y moralmente inútil.

El riesgo no consiste en que todas las explotaciones agrícolas dejen de funcionar la misma mañana. Consiste en que las sacudidas repetidas vuelvan menos fiable la promesa de alimentos asequibles y en que quienes tienen menos reservas paguen primero.

El agua y el calor pueden desgastar una sociedad

El agua es igual de implacable. No se puede negociar con un grifo seco, aunque muchas negociaciones determinan qué grifo se secará primero.

La evaluación del IPCC sobre el agua distingue entre escasez física e inseguridad hídrica. Esta última también abarca el acceso, las infraestructuras, la calidad y la gobernanza. El cambio climático agrava las vulnerabilidades relacionadas con el agua, pero la demanda y la gestión también pueden ser decisivas. La misma evaluación concluye que los riesgos relacionados con el agua aumentan con el calentamiento adicional.[4]

Eso nos ofrece una imagen más útil que un mapa teñido de rojo donde disminuyen las lluvias. Una sociedad necesita instituciones capaces de mantener las tuberías, gestionar demandas contrapuestas y proteger el acceso cuando el suministro está bajo presión. También necesita dinero y confianza pública para llevar a cabo decisiones difíciles.

Consideremos una región agrícola hipotética atrapada entre una menor disponibilidad de agua y una demanda creciente. Bombear más puede aplazar la crisis. Reducir las asignaciones al campo puede proteger a las ciudades, pero destruir medios de vida. Posponer la discusión hasta que la escasez se convierta en una emergencia empeora todas las opciones. Ninguna de esas decisiones se resuelve anunciando que la gente debería ser más resiliente.

El calor añade otra presión. La investigación de Parsons y sus colegas muestra cómo el calentamiento puede reducir las horas disponibles para realizar trabajo físico intenso de forma segura. Trasladar el trabajo a las horas más frescas ayuda, pero esa opción pierde eficacia a medida que esas horas también se calientan.[5]

Una economía está hecha de personas que hacen cosas. Quien repara una carretera, recoge una cosecha o construye una casa no puede trasladar sin más toda su tarea a una oficina con aire acondicionado. Una sociedad que necesita más reparaciones y protección mientras expone a quienes realizan ese trabajo a un calor creciente tiene un problema difícil entre manos.

La respuesta debe ir más allá de la resistencia individual. Las condiciones laborales, un suministro eléctrico fiable, las calles con sombra, la vivienda y los servicios públicos forman parte de la misma conversación que la temperatura. Decirle a un trabajador que se adapte mientras se le carga todo el coste equivale a ordenarle que sufra con más eficiencia.

El mar no es una despensa de reserva

Ni siquiera el océano se comporta como una reserva ilimitada a la que podamos recurrir cuando las cosas se compliquen en tierra.

El dióxido de carbono absorbido por el agua de mar modifica su química y reduce la disponibilidad de los iones carbonato que muchos organismos utilizan para formar conchas y esqueletos. Por eso, la acidificación oceánica crea problemas para organismos como las ostras, las almejas y los corales. Es una consecuencia directa de añadir CO₂ a la atmósfera, además de su efecto de calentamiento.[6]

No hace falta imaginar la desaparición repentina de toda la vida marina para comprender el problema. Una comunidad pesquera o marisquera depende de organismos concretos, en aguas concretas, que sostienen un medio de vida a un coste concreto. Una alteración que parece modesta en un promedio planetario puede ser enorme a esa escala.

Ese es el error recurrente de las abstracciones optimistas sobre la capacidad humana de adaptación. Pasan por alto a las personas cuyo mundo conocido debe desmantelarse antes de que alguien, en algún lugar, pueda demostrar que la especie se ha ajustado.

¿Qué falla después?

El verdadero peligro está en las conexiones. Una mala cosecha es un problema. Una mala cosecha que llega junto con presión sobre el agua, calor peligroso y un gobierno que ya tiene dificultades para financiar los servicios públicos es un problema distinto.

El IPCC describe riesgos que se combinan y se propagan entre sectores y regiones, también a través de infraestructuras dañadas.[1:1] Necesitamos pensar en esos términos porque la gente vive dentro de sistemas conectados, no dentro de los capítulos separados de un informe de evaluación.

Un diagrama cualitativo muestra cómo las amenazas climáticas se transmiten a través de los alimentos, el agua y las infraestructuras hacia presiones económicas y sociales, y cómo las instituciones y la acción climática pueden interrumpir esas conexiones.
Cómo puede propagarse una alteración. Este esquema original muestra conexiones posibles, no probabilidades medidas ni una secuencia inevitable. Se basa en la evaluación del IPCC sobre riesgos en cascada y en los estudios sobre alimentación, agua y migración citados aquí.[1:2][2:1][4:1][7]

Imaginemos una secuencia en lugar de una única catástrofe. La pérdida de una cosecha reduce los ingresos. Un hogar se endeuda. El siguiente golpe llega antes de que se haya recuperado. Mientras tanto, las reparaciones consumen dinero público que, de otro modo, mejoraría la protección. Cada golpe hace más difícil absorber el siguiente.

Hay oportunidades para interrumpir esa secuencia: servicios que funcionan, ahorros, cooperación, preparación. También hay oportunidades para empeorarla. Por eso me parecen tan insuficientes las descripciones del cambio climático como un conjunto de problemas ambientales aislados. La organización política y económica de una sociedad forma parte de la historia desde el principio.

Quienes se marchan y quienes no pueden hacerlo

Cuando un medio de vida se vuelve insostenible, trasladarse puede ser una respuesta sensata. Sin embargo, se describe con demasiada frecuencia la migración climática como si toda persona afectada fuera a dirigirse de inmediato hacia la frontera de un país rico.

Un metaanálisis de Hoffmann y sus colegas concluyó que las amenazas ambientales afectan a la migración de maneras que dependen de las condiciones locales. Los movimientos estudiados eran principalmente internos o hacia países de ingresos bajos y medios. Los ingresos y los conflictos ayudaban a explicar las diferencias en la respuesta.[8]

Hay otro grupo que el pánico fronterizo tiende a borrar: las personas que no pueden permitirse marcharse. El proyecto Foresight de la Oficina Gubernamental para la Ciencia del Reino Unido advirtió que el cambio ambiental puede destruir los recursos que la gente necesitaría para desplazarse. También identificó la migración planificada como una posible forma de reducir la vulnerabilidad.[7:1]

Por tanto, debemos imaginar familias que se quedan, familias que se trasladan a lugares cercanos, personas que encuentran mejores oportunidades y personas que quedan atrapadas. La realidad es mucho más humana que una flecha que recorre un mapa.

Mi temor es que las sociedades ricas interpreten estas presiones principalmente como un problema de seguridad: cómo mantener la desesperación ajena a una distancia manejable. Es un peligro político, no una ley de la ciencia climática. También es una elección que deberíamos reconocer antes de que se convierta en el propósito incuestionado del gobierno.

Si tu solución preferida para una comunidad amenazada es asegurarte de que sus integrantes no puedan llegar hasta ti, no has resuelto su problema. Has decidido desde dónde quieres observarlo.

La política no está escrita de antemano

Es tentador trazar una línea recta de la sequía al hambre, de ahí a la migración y después a la guerra. Esa línea es demasiado limpia para resultar fiable y, además, exime de responsabilidad a quienes toman decisiones.

En una evaluación estructurada de las opiniones de especialistas, Mach y sus colegas encontraron acuerdo en que el clima había influido en los conflictos dentro de los países. Sin embargo, se consideró que el desarrollo socioeconómico y las capacidades del Estado tenían una influencia mucho mayor, mientras que los mecanismos seguían siendo inciertos.[9]

Ese resultado importa porque una sociedad bajo presión sigue teniendo opciones. Puede compartir las pérdidas, invertir en protección y negociar necesidades contrapuestas. También puede repartir las dificultades de forma injusta, culpar a las minorías, reprimir la disidencia o prometer seguridad mediante la fuerza. Son decisiones tomadas por instituciones y personas.

No espero una respuesta automáticamente racional solo porque resulte más difícil ignorar las pruebas. El miedo no le entrega el micrófono a la persona más sensata de la sala. Tampoco una sucesión de emergencias garantiza que se renuncie después a los poderes excepcionales adquiridos para gestionarlas.

Esas son las posibilidades políticas que me preocupan. Los daños climáticos podrían cambiar mucho más que los lugares donde vivimos o los alimentos que comemos. Podrían cambiar las condiciones bajo las que se nos gobierna, las libertades que conservamos y las personas que aprendemos a considerar prescindibles.

Un argumento que deje todo eso fuera del encuadre está omitiendo buena parte de lo que hace aterrador este peligro.

No existe un país llamado «otra parte»

La fantasía tranquilizadora de los países ricos es que pueden adaptarse en casa y gestionar los problemas en el extranjero. Construir defensas. Asegurar los suministros. Endurecer las fronteras. Seguir adelante.

Incluso como ejercicio mental, el plan contiene una contradicción. No se puede suponer a la vez que un sistema internacional seguirá proporcionando lo necesario y que los daños graves a grandes partes de ese sistema seguirán siendo asunto de otros.

Pensemos en lo que exigiría realmente un enclave protegido: energía fiable, alimentos, maquinaria, materiales, conocimientos y orden público. Comprar sustitutos puede ayudar. Rediseñar los sistemas puede ayudar. Pero una lista larga de cosas que el dinero podría comprar no demuestra que todas vayan a estar disponibles cuando se necesiten.

Hay una objeción más profunda. Supongamos que la estrategia funcionara. Supongamos que las sociedades afortunadas conservaran una vida cómoda mientras otras sufrieran una desintegración prolongada. ¿Por qué, exactamente, nos felicitaríamos? ¿Por nuestro ingenio técnico? ¿Por nuestra fuerza negociadora? ¿Por la sabiduría de haber nacido en el lugar adecuado?

Sobrevivir es un listón extraordinariamente bajo para una civilización que dice estar progresando. Preservar un círculo más pequeño de seguridad aceptando la miseria fuera de él merecería un nombre bastante menos halagador.

El daño no es el destino

Nada de esto convierte la reducción de emisiones en algo inútil. Esa conclusión sería un regalo para todos los que se benefician del retraso.

La evaluación del IPCC de 2023 muestra que cada incremento del calentamiento aumenta los riesgos. Reducir las emisiones limita el daño que aún tenemos por delante.[10]

No hay una versión sensata de este argumento en la que un futuro peor haga aceptable otro todavía peor. Si una sociedad ya tiene dificultades, reducir la siguiente presión importa más, no menos. Lo mismo ocurre con la adaptación. Un servicio de agua que funciona o una jornada de trabajo más segura merecen la pena incluso en un mundo que no haya logrado evitar un calentamiento grave.

Lo que rechazo es la idea de que un conjunto de objetivos, tecnologías y promedios globales tranquilizadores baste para resolver la cuestión del futuro de la civilización. Debemos preguntarnos si la protección llega a quienes la necesitan, si los sistemas esenciales se recuperan entre crisis y si los gobiernos responden preservando la vida en común o reduciendo el círculo de quienes tienen derecho a ella.

No sé qué lugares se mantendrán cohesionados ante las presiones que vienen. Nadie dispone de un mapa creíble del futuro fracaso de las sociedades. Pero esperar a tenerlo sería una excusa extraordinaria para desatender peligros que las pruebas ya permiten ver.

El mundo no tiene que acabarse en todas partes a la vez. Puede volverse intolerable en un lugar mientras otro sigue considerándose un éxito. La prueba para nuestra civilización será si vemos eso como una catástrofe que debemos evitar o como un futuro con el que podemos aprender a convivir.


Referencias


  1. IPCC (2022). Climate Change 2022: Impacts, Adaptation and Vulnerability, Summary for Policymakers, especialmente B.2 y B.5. Texto de la evaluación, en inglés. ↩︎ ↩︎ ↩︎

  2. Tigchelaar, M., Battisti, D. S., Naylor, R. L. y Ray, D. K. (2018). «Future warming increases probability of globally synchronized maize production shocks». Proceedings of the National Academy of Sciences, 115, 6644–6649. doi:10.1073/pnas.1718031115. Texto completo de acceso abierto, en inglés. ↩︎ ↩︎

  3. Kornhuber, K. et al. (2023). «Risks of synchronized low yields are underestimated in climate and crop model projections». Nature Communications, 14, 3528. doi:10.1038/s41467-023-38906-7. ↩︎

  4. IPCC (2022). Climate Change 2022: Impacts, Adaptation and Vulnerability, Chapter 4: Water, Executive Summary y Box 4.1. Texto de la evaluación, en inglés. ↩︎ ↩︎

  5. Parsons, L. A., Shindell, D., Tigchelaar, M., Zhang, Y. y Spector, J. T. (2021). «Increased labor losses and decreased adaptation potential in a warmer world». Nature Communications, 12, 7286. doi:10.1038/s41467-021-27328-y. ↩︎

  6. NOAA, National Ocean Service (actualizado el 23 de septiembre de 2026). «What is Ocean Acidification?». Explicación oficial de la química y de los efectos sobre los organismos que forman conchas, en inglés. ↩︎

  7. Government Office for Science (2011). Foresight: Migration and Global Environmental Change—Future Challenges and Opportunities. Informe y publicaciones de apoyo. Véase el resumen ejecutivo sobre poblaciones atrapadas y migración planificada. ↩︎ ↩︎

  8. Hoffmann, R., Dimitrova, A., Muttarak, R., Crespo Cuaresma, J. y Peisker, J. (2020). «A meta-analysis of country-level studies on environmental change and migration». Nature Climate Change, 10, 904–912. doi:10.1038/s41558-020-0898-6. ↩︎

  9. Mach, K. J. et al. (2019). «Climate as a risk factor for armed conflict». Nature, 571, 193–197. doi:10.1038/s41586-019-1300-6. ↩︎

  10. IPCC (2023). Climate Change 2023: Synthesis Report, Summary for Policymakers, especialmente B.1–B.3. Texto de la evaluación, en inglés. ↩︎